martes, 13 de noviembre de 2007

Gobierno local, desarrollo y ciudadanía

Por Fabio Quetglas / De la pirámide y la división de competencias a la retícula y la convergencia funcional.

Cuando hablamos con Marcelo Corti acerca de esta presentación, tratamos de conjugar dos espacios que se presentan disciplinariamente como separados, pero que sabemos que en la vida real, en la vida cotidiana, son espacios que convergen: la idea de la ciudad como una cuestión material y la idea de la ciudadanía como una construcción simbólica.

En realidad, la ciudad se expresa en la ciudadanía y hay ciertas cuestiones materiales que se transforman a la postre en barreras o posibilidades. Y al revés, en la construcción de la ciudadanía puede haber una reconfiguración, una resignificación, una apropiación distinta, mejor o peor (y, en cualquier caso, enriquecedora) de la ciudad. No creo que nadie piense que haya una visión material y otra teórica, política, ideológica o sociológica de la ciudad. La ciudad es una y tenemos que aprender a mirarla desde esa unidad.

La primera cuestión a subrayar, en esta presentación a vuelo de pájaro sobre las cuestiones de Ciudad y Ciudadanía, es que lamentablemente hay una larga tradición en América Latina que, directa o indirectamente, por acción u omisión, coloca al gobierno del nivel local en la categoría del gobierno pequeño, del primer escalón de la democracia. Y esto, en muchos aspectos, es lamentablemente verdad. Es una expresión que, aunque peyorativa, podemos constatar en la práctica: por ejemplo, la suma de los 2.300 gobiernos locales que hay en la Argentina ejecutan solamente el 7% del gasto público; entonces podemos darnos cuenta que subyace una concepción de "gobierno pequeño".

En nuestra consideración no concebimos al gobierno local como gobierno pequeño, sino como un espacio de gobierno cualitativamente diferenciado. Gobernar la ciudad, el espacio local, es simplemente diferente a gobernar otro nivel de gobierno. Sin embargo, hay una tendencia en el ámbito académico, por parte de los que nos dedicamos al desarrollo local, a sobreactuar la importancia del gobierno local. Y nos repetimos algo así como que "el gobierno local es lo más importante del mundo y los intendentes son la reserva moral del sistema político"; lo cierto es que ni eso es verdad, ni tampoco el otro extremo de considerar al gobierno local como gobierno de proximidad asistencial, que se encarga de limpiar la plaza, enterrar los muertos, y poco más…

Corresponde hacerse la pregunta: ¿por qué el gobierno local es cualitativamente diferente? Lo primero y lo más obvio es que es el gobierno de la proximidad, una característica que no tiene ningún otro nivel de gobierno. Se suman otras cuestiones, pero me voy a centrar en la de la proximidad, porque es un condicionante en la construcción de la legitimidad, un insumo indispensable para cualquier gobierno, de cualquier organización: una empresa, un equipo de fútbol o el Estado.

Hay muchos escritos sobre las ventajas de la proximidad en la producción de legitimidad. Al intendente al que todos conocen "de cerca" es más probable que una crisis del sistema político lo preserve. En Argentina lo hemos verificado. Al intendente que gobierna cerca de la gente es probable que mecanismos menos burocráticos le sean suficientes para tener consenso para las políticas complejas. Pero nadie dice que la proximidad también tiene un debe, un aspecto controversial, sobre lo que hay poco escrito (no sé si por pereza científica o por una cuestión ideológica). Seamos claros, cobrar impuestos de cerca es dificilísimo. La proximidad, que es una ventaja enorme para construir políticas publicas porque humaniza las condiciones de poder, es una gran desventaja cuando el Estado también tiene que construir un nivel de autonomía con los ciudadanos, que le permita mantener una relación basada en normas y alejada del más puro particularismo.

La ciudadanía es una relación emancipada con el poder y esa emancipación se funda en que tal relación esta sujeta a normas: en una relación de ciudadanía, el poder no puede cometer una bestialidad conmigo, sino que para actuar sobre mí precisa de una norma, y ésta para su construcción requiere (directa o indirectamente) del consenso democrático. Y en tanto mi relación sea más emancipada, hay más ciudadanía. Cuando la relación está mas sujeta a la arbitrariedad y el poder puede discrecionalmente operar sobre unos o sobre otros, hay menos ciudadanía.

La proximidad ayuda mucho en términos de humanización de poder, pero complica en términos de establecer para y en el Estado un nivel de autonomía suficiente para la construcción de la ciudadanía. Este es el laberinto de los gobiernos locales en la Argentina, a excepción de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, San Miguel de Tucumán y algunas otras grandes ciudades. Paraná esta en el límite, pero en el resto de las ciudades entrerrianas este también es el laberinto de los gobiernos locales. Porque no disponer de ese nivel de autonomía relativa hace a los gobiernos dependientes del resto del entramado jurisdiccional, del resto de la estatidad.

Esa dependencia se ha transformado en cultura política. Si el ciudadano ve que su Intendente, para obtener el beneficio de un programa, tiene que transmutarse, ¿por qué no se transmutaría él? Y si esa lógica se traslada sistemáticamente, la sociedad pierde mucho: no sólo los valores éticos de la autonomía política, sino también en previsibilidad y en criticidad a los programas públicos.



El segundo aspecto diferencial del gobierno local se sintetiza en una frase: la gente no vive en países, la gente vive en ciudades. A mí no me dice mucho sobre la calidad de vida de una persona el decir "vivo en los Estados Unidos", me dice mucho más "vivo en Chicago" porque mi realidad, el clima, las fiestas populares, los modos de vida, la calidad de las prestaciones sanitarias, la educación pública, etc., se resuelve muchísimo más en el ámbito de la ciudad. Cuando se mide calidad educativa, la Argentina en el promedio está siempre peleando el 3º o 4º lugar en América Latina, aunque la ciudad de Buenos Aires está despegada adelante; pero en las mediciones de criminalidad es al revés.

La otra cuestión es que mientras los otros niveles de gobierno, necesarios e indispensables, eslabones abstractos de la construcción de poder, gestionan lo relativo al mantenimiento y la reproducción estatal, al nivel local del gobierno todavía le toca administrar (y ojala cada vez más) las cosas vinculadas a la calidad de vida. Por lo tanto, no sólo es un gobierno cualitativamente diferente por la cuestión de la proximidad sino porque atiende las cuestiones vinculadas a la calidad de vida.

Y acá hay actualmente un cuello de botella. En los últimos quince años hay una presión creciente sobre los gobiernos locales para que expandan su agenda pública, de parte de la opinión pública y de la academia, pero no hay idéntica presión o reflexión sobre la conformación del Estado en la construcción de las herramientas necesarias para que el gobierno local pueda dar respuesta a esa agenda. Por ejemplo, con la cuestión del desarrollo. Hacer política de desarrollo no es tan fácil como levantarse un día a la mañana y proponérselo. Requiere de organización normativa, entrenamiento de personal, información, base de datos, vinculación con otros niveles de gobierno, conocimiento del territorio, etc.; aunque disponga de los recursos económicos, no lo puedo hacer de hoy para mañana casi en ningún caso.

Por lo tanto, toda la tarea de presión para la incorporación necesaria y legítima de nuevos temas a la agenda pública local golpea la legitimidad, en tanto los gobiernos locales no están en condiciones fiscales ni organizacionales de asumir un nuevo tema. Por ejemplo, las provincias petroleras argentinas hoy están en una situación de pleno empleo, reciben una cantidad importante de dinero por regalías y tanto autoridades como ciudadanos saben que si los pozos funcionan, eso es plata. Los trabajadores tienen salarios muy altos, tan altos que por primera vez en la historia argentina una demanda sindical fue para mover la base imponible del impuesto a las ganancias (en Santa Cruz). En esos lugares, las empresas requieren de infraestructura gruesa, pero también de proximidad. No hace falta ser un lúcido intendente para darse cuenta que montar una poderosa red de infraestructura para industrias petroleras es una inversión que indudablemente quedará obsoleta dentro de 10 años: son caminos que van a ir a la nada, porque el día que el petróleo no salga, ahí no habrá nada. Y muchas veces se tiene un debate social en términos de si se invierte para esa distancia no se cuántos millones de pesos para llegar a un lugar donde dentro de 10 años no habrá nada. Pero la debilidad de los gobiernos locales radica en que no tienen técnicos para discutir con las empresas. Disponen de la plata, y en definitiva la obra pública moviliza más los recursos humanos y terminan presionados por unas circunstancias donde ellos no tienen un problema fiscal que los limite, sino un problema de falta de recursos humanos, organización, planificación y hasta de una conciliación ideológica entre el presente y el futuro.

Los gobiernos locales son diferentes por su proximidad y porque su acción impacta sobre la calidad de vida, y ahora están bajo un estrés, que ejemplifico con el dato estadístico de que después del 2001 las ciudades intermedias que son centros de servicios de áreas rurales productoras de bienes transables están creciendo a tasas muy altas: Río Cuarto, Rafaela, etc. De necesitar 50 cuadras de asfalto pasar a necesitar 100 cuadras no es una diferencia sólo cuantitativa; empieza a ser cualitativa, porque en una ciudad de 30 mil habitantes con recursos no hay un problema de transporte público, pero en otra de 80 mil hay problemas aunque exista el dinero para resolverlos.

El cambio de agenda no es sólo cuantitativo sino cualitativo, y si no cambia la calidad del gobierno, ese desfasaje de centro de servicios a ciudad con actividades diversas, complejas, con servicios completos, tiene dos posibilidades de resolverse: o un reequilibrio demográfico, con ciudades atractivas que tienen productos de valor y buena imagen, o 40 mini-San Pablos, con los mismos problemas de San Pablo pero con ninguna de sus ventajas. Un mini - San Pablo entrerriano es Concordia. Tiene los mismos problemas de violencia urbana, inseguridad, calificación de recursos humanos, etc., con algo más de 100.000 habitantes.

Y la mala noticia del día es que, en mi opinión, y siendo favorable a los procesos de participación política y expansión de la democracia, la diferencia que hay en este salto de calidad que tienen que dar los gobiernos no se salva solo con participación. Tiene que haber un salto de calidad técnica de la política. Quizás, presionada desde la participación.



Hablábamos de la ciudad como espacio de realización de la ciudadanía, de esta relación emancipada, y la respuesta más fácil en la teoría es "fortalezcamos los gobiernos locales". Pero no sé si es esa la respuesta adecuada, porque es de ocasión. Tenemos una estatidad organizada según el poder industrial. Cada nivel de gobierno se encarga de un pedazo de la agenda: el gobierno local, de la plaza, de enterrar los muertos, de la poda de los árboles, de la lamparita; el gobierno provincial, de la salud, de la educación; el gobierno nacional de la política monetaria, controlar las fronteras, las relaciones exteriores. Y las áreas de convergencia son áreas de conflictividad, porque no queda muy claro a quien "le tocaba" hacerse cargo de un tema cuando pertenece a un área de convergencia.

Ese modelo, similar a una línea de montaje, donde se puede decir "fortalezcamos este eslabón", es un modelo que está cambiando; no porque lo decidió un teórico de la academia; sino por el impacto de las nuevas tecnologías en el Estado. Hay una creciente convergencia funcional, en la que cada vez se repiten más los esquemas como el siguiente: un nivel de gobierno crea un programa, otro nivel de gobierno califica los recursos y otro nivel de gobierno lo aplica. Es creciente este fenómeno de un nivel de gobierno que diseña o controla los estándares, o los financia, y otro nivel que se encarga de otro aspecto de su realización. Se rompe así la lógica de la división y se pasa a la lógica de la convergencia.

Por lo tanto, la vieja lectura que concluía: "fortalezcamos los gobiernos locales" es buena, pero insuficiente, porque podríamos repreguntarnos: en un modelo de convergencia funcional ¿qué es fortalecer los gobiernos locales? Porque en el modelo clásico, de separación de funciones, era "démosle mas plata a los gobiernos locales para que puedan desarrollar ágilmente su actividad". En el modelo de convergencia funcional, claramente no se trata de girar más recursos a los gobiernos locales; es una enorme transformación que implica "tengamos el mismo estatus de entrenamiento de los recursos humanos de los gobiernos locales respecto de otros niveles, que son sus interlocutores válidos". Hagamos que la convergencia funcional efectivamente funcione. Tengamos un nivel de conectividad válido. Manejemos los mismos estándares de evaluación. Si cambia la estatidad y la dinámica que la sostiene, no hay más posibilidades de que un gobierno diga "esto no es mí competencia". Por lo tanto, la lectura relativamente simplificada de "fortalezcamos los gobiernos locales" responde a un modelo anterior. Igualmente, yo quiero que se fortalezcan los gobiernos locales...

Hay una gran cantidad de temas sobre los que antes se pensaba que no correspondían a un gobierno local y que, lamentablemente, la dinámica demuestra que o bien se ocupa el gobierno local de una parte de la cuestión o eso no lo hace nadie. Por ejemplo: mi mujer es militante de la causa de género y ella dice que puede existir la ley nacional o provincial que sea necesaria, pero los problemas de género se resuelven en el espacio local, cuando hay compromiso del gobierno local.

¿Qué programa de empleabilidad puede ser medianamente eficaz si no se resuelve en el nivel local de gobierno?; ¿quien conoce las cuestiones de versatilidad de la mano de obra, requerimientos específicos, etc.? La convergencia funcional cambia cualitativamente el lugar del gobierno local y cambia la visión sobre qué es fortalecer el gobierno local.

Probablemente sea mejor para fortalecer el gobierno local cambiar la agenda de gobierno que tener más recursos (aunque ambas cosas son importantes), porque una gran cantidad de las cosas que hace está demostrado, paradójicamente, que lo podría hacer otro nivel de gobierno. Pero la realidad nos dice que, para que haya ejercicio real de la ciudadanía, tiene que haber una base material que sostenga la efectiva realización de derechos. Si bien no son términos conceptuales que uno pueda batir en el mismo bol, es muy difícil ser indigente y ciudadano. Esa relación emancipada se realiza después de cierto nivel de rentas.

En este sentido, hay una cuestión importante a poner en juego en los gobiernos locales en Argentina: lamentablemente, en muchas ciudades, cuando uno habla de desarrollo, en general la gente plantea esa cuestión del desarrollo en términos agrarios. La idea es que hay una ciudad que vive "sedentariamente" de un campo, que es el que produce, y que hay en la ciudad unos seres casi parasitarios que no producimos nada y que si al campo le va mejor, a nosotros también. Es la visión de la ciudad hotel. La vida productiva es reducida a lo que nos da la tierra.

No solo es una mentira sino que es una mentira peligrosa, porque nos libera de ver que la ciudad, aparte de ser un hábitat, un lugar de interrelación, etc., es la plataforma de muchas actividades económicas que desarrollamos todos los días; nos hace ver el territorio como un espacio segmentado, la ciudad y el campo. La verdad es que la ciudad y el campo forman parte de un sistema y que, en la medida que podamos administrar bien esa relación sistémica, será mejor tanto para la ciudad como para el campo. Este es un punto central, porque la agenda de la ciudad excede la ciudad. Un buen intendente es aquel que incide más allá de las fronteras de su ciudad. La ciudad no es un hotel. Tanto es así que el 85 % del PBI de la Argentina se produce en ciudades. Y la economía agraria (que en Argentina es poderosa todavía, porque en los países del primer mundo es el 4,5 o 6 % del Producto y en nuestro país llega al 15%, y está bien que así sea porque disponemos de un campo privilegiado) precisa, para realizarse, de ingenieros agrónomos que van a estudiar a un lugar en la ciudad, de una aduana, de puertos, de silos, de que se registren patentes, de que se hagan estudios en laboratorios. Una ciudad que también puede pensarse en término de proveedor económico de servicios de alta calidad, desarrollos culturales, industrias, comunicación y ejecución, cadenas de frío, plataformas logísticas, todo lo que hace a una ciudad económicamente más competente.

La ciudad es también un hábitat, pero aunque tenemos que vivir bien, no deja de ser la plataforma donde desarrollamos nuestras actividades económicas. En este sentido, no va a ocurrir naturalmente que tengamos una ciudad amigable a la ciudadanía, amigable al desarrollo institucional, amigable a la inversión: necesariamente lo tenemos que planificar. En general, las ciudades por donde uno pasea y le gusta son las que combinan estas tres esferas. Las que son sólo amigables al ejercicio ciudadano parecieran ser parques temáticos; las que son sólo amigables a las inversiones, como Hong Kong, son invivibles, y las que son sólo amigables a las instituciones también parecen de opereta, como Washington DC, donde parecería que falta el dinamismo que tienen las ciudades que son más amigables al ejercicio de la ciudadanía. En ese sentido, esa ciudad completa y que tiene una mirada territorial es una construcción de la planificación, no es un desarrollo natural.

La planificación, como consideración de las intervenciones sociales, se introduce en tanto que nosotros no queramos que en nuestro territorio pasen las cosas con esa dinámica del fatalismo. El mercadismo es una versión del fatalismo. Y en la historia de la humanidad, esta por demás demostrado que no es así. Muchas veces el hombre se plantó con su intervención frente a cosas que parecían fatales y las revirtió.

La planificación está hoy en día sometida a cinco grandes asedios que no sufría antes: cultura de proximidad, asedio mediático, transdisciplinariedad, inorganicidad de los conflictos sociales, información abundante.

El primero es la cultura de proximidad, que está instalada en todos nosotros, al interior de nuestra concepción del mundo ("un mundo pequeño"). Estamos entrando en una cultura de inmediatez. Va a ser más necesaria la planificación en un contexto de inmediatez; pero conceptualmente es un tema difícil de resolver: las cabezas pensando en tiempos inmediatos y la planificación exigiendo alguna mediatez.

El otro problema es que aun las planificaciones que fracasaban en los ‘50 y los ‘60 eran, al menos en un aspecto, "buenas", porque contribuían a ordenar la información. Hoy esa "legitimación" parece ridícula, a la luz de la disponibilidad de información existente y de las facilidades de acceso y acopio. Ni hablar de los otros tres temas: ¿cuanto impacta en un proceso planificador la inorganicidad social, la restricción disciplinar o el asedio mediático?

Y el tema de la planificación desemboca inevitablemente en la cuestión del Desarrollo: uno podría preguntarse si la Londres desvastada de la posguerra era una ciudad desarrollada, sí tenía la capacidad de reorganizarse, de sostener un orden normativo aún en situaciones extremas, de generar confianza, de responder a medio plazo al financiamiento que se le podía dar, etc. Claramente, por más que estuvieran pasando momentáneamente hambre, era una ciudad desarrollada. El enriquecimiento habla poco del desarrollo, mucho más nos dice del desarrollo la capacidad de respuestas. Está claro que el desarrollo no es el enriquecimiento y que se trata de un proceso que no es espontáneo, porque estas capacidades son de construcción transgeneracional.



Un ejemplo claro, que nos toca vivir ahora como una cuestión regional, tiene que ver con Venezuela. En Venezuela hay recursos como para hacer lo que uno quiera, pero no hay recursos humanos venezolanos preparados para hacer lo que el gobierno dice que es necesario. Si Argentina (vamos a suponer una hipótesis benevolente con nosotros) tuviera los recursos humanos, un poco de plata se consigue en el mercado de capitales; pero entrenar los recursos humanos, formar recursos humanos para consolidar el trabajo industrial ¿cuántos años lleva? Por más que se disponga de los recursos. Y si los tengo que importar, eso implica el doble de salario, pero además, no todas las competencias son transferibles; mientras tanto tengo que crear el entramado de escuelas, talleres, currículos, supervisiones, para quizás empezar a ver los resultados 5, 6 o 7 años después.

Les voy a contar la historia de una maldad... En los emiratos petroleros, por decisión de los príncipes, la mano de obra del sector, muy bien paga, se importa. Hasta las personas que limpian las oficinas del sector petrolero son extranjeras. Los ingenieros, por lo general, son muy buenos profesionales que traen las empresas desde cualquier lugar del mundo donde tengan capacidades. Ganan como mínimo 10 mil euros por mes y tienen que "bancarse" vivir en Yemen; van generalmente 2 o 3 años y se vuelven, porque es bastante inhóspito vivir ahí. Los mandos medios son de otros países árabes ó del Norte de África. A la población la mantienen bajo un esquema clientelar: no trabajan en el sector petrolero, a propósito, porque el trabajo los independizaría de la relación con el gobierno. Como están ahora, no pueden hacer sindicatos, paros, ni cortar rutas, ni nada; entonces llegaron a la conclusión de que era mas barato darle la bolsita a fin de mes, en versión argentina, que tener "ese lío". Un típico caso de no conducción de ciudadanía. Ellos manejan una perspectiva de que esta situación es eterna. Por supuesto que a los jeques no les importa nada, pero ante cualquier escenario de cambio económico o disminución de rentas de la industria petrolera, cuentan con una población que no sabe hacer nada. Entonces, la construcción del desarrollo es un fenómeno bien complejo que no tiene que ver sólo con la política económica. Está bien que hablen de desarrollo los economistas, pero no son los únicos que tienen que hablar.

Y ahora que se ha puesto de moda la cuestión de desarrollo territorial y local quiero hacer dos o tres salvedades. La primera es que el desarrollo local no es la economía social; por lo menos, hay que comprender que no son sinónimos. Está bien que se armen cooperativas de artesanos para venderle a los turistas, que se cooperativice la economía primaria, todo eso está bien. Pero el desarrollo local es una visión de la política pública en el territorio orientada a fortalecer las capacidades sociales; y en ese proceso de fortalecimiento hay aspectos educativos, económicos, institucionales, infraestructurales, ambientales.

Tampoco el desarrollo local es el municipalismo. Está muy bien que las instituciones municipales sean autónomas y que la municipalidad funcione bien, pero la verdad es que el desarrollo local excede eso, aunque lo incluye. Y lo excede en esta visión de construcción de capacidades sociales. Uno podría preguntarse que rol juega la municipalidad en materia de construcción de capacidades sociales como respuesta, no sólo económica. Lo planteo como algo central del tema, sabiendo desde ya que hay una lógica económica, que es la lógica de la concentración territorial.

Basándose en alguna ventaja primaria original, en general las empresas de un sector tienden a concentrarse territorialmente. Cuando se hace un análisis de la geografía de las empresas sectoriales, uno se da cuenta que en Buenos Aires las curtiembres están todas en el mismo barrio y eso tiene que ver con la tendencia centrípeto-territorial que se genera a partir de las sinergias de proximidad. Creo que la primera tarea que es necesario hacer en materia de desarrollo en el gobierno local es saber qué ventajas genera mantener la economía en aglomeración, compatibles con una ciudad relativamente vivible: ver qué ventajas competitivas tengo y cómo genero una aglomeración positiva en términos de empleo, competitividad, etc. Y el rol más importante del gobierno local no es solo "hacer", sino "hacer con otros", sobre todo por aquello que dijimos de la convergencia funcional: saber dialogar interjurisdiccionalmente, porque el territorio no es exclusivamente del gobierno local, el gobierno local no es dueño del territorio.

Y para eso faltan algunas cosas, por lo cual los gobiernos locales hoy no pueden dialogar interjurisdiccionalmente. Hoy los gobiernos locales no tienen información. Si yo le pregunto al intendente cuál es la tasa de desempleo en Concepción del Uruguay, como no la mide el INDEC, no lo sabe; no sabe si son mujeres o varones o en qué segmento etario están los desocupados; por lo tanto, no saben si es re-entrenamiento o primer empleo lo que tiene que hacer. No hay capacidad de formulación de proyecto. En general solo puede decir "sí o no" pero no puede dialogar sobre proyectos, no puede negociar, porque no tiene capacidad de formulación. Sin capacidad proyectual, toda negociación es cuasi-irracional.

Viví la experiencia en Mocoretá, Corrientes, donde la ruta 14 pasa por el medio del pueblo. En el costo de la obra de la autovía, intentar circunvalar la ciudad debería ser el 1 por mil del presupuesto y habían previsto un puentecito. De 20.000 habitantes, vivían 10.000 de un lado y 10.000 del otro y preveían construir un puente. Entonces, se armó una comisión de vecinos, que propusieron hacer... tres puentecitos. No pidieron que se circunvale la ciudad, porque no tenían capacidad de formulación (no había arquitectos en la municipalidad) y llegaron a la conclusión de que tres puentecitos eran mejor que un puentecito.

Pasa con los planes de vivienda: los aceptas ahí donde los pongo o nada; como del otro lado no hay equipo para negociar y siempre hay gente que necesita viviendas, la solución es ponerlas donde quiera la agencia estatal que las financia, cuando quiera y como quiera.



Las otras cuestiones: la capacidad de gestión como correlato de un cierto poder planificador; y también la gobernabilidad. Planificar requiere un clima de gobernabilidad. Hoy tengo la sensación de que los gobiernos locales argentinos prescinden de la reflexión sobre construir gobernabilidad como requisito para planificar.

Esta idea de la convergencia funcional saca también al gobierno local de la punta de una pirámide, que es una idea muy cómoda: el gobierno en el extremo de la pirámide ordenando socialmente. Aceptar la lógica de la reticulación contra la lógica de la pirámide es hoy una restricción para planificar, porque la paradoja es que, si la pirámide funciona, en el mejor de los casos el gobierno local se para en la punta pretendiendo que el territorio es suyo y no se da cuenta de que si cambia el precio de la soja en China cambia la tasa de construcción de edificios en Rosario. Uno no es dueño del territorio, es dueño en el mejor de los casos de planificar reticularmente para tener un poco más de control sobre ciertas dinámicas territoriales.

Muchas gracias.

FQ

N. de la R.: Esta nota reproduce con algunos ajustes de edición la disertación ofrecida por el autor el pasado 29 de junio, en el curso "El desafío de construir ciudad desde la planificación", organizado por la Facultad de Ciencias de la Gestión – UADER, en la ciudad de Paraná, Entre Ríos, Argentina (donde fueron tomadas las fotos que ilustran la nota).

Fuente: Café de las Ciudades http://cafedelasciudades.com.ar/politica_61.htm