domingo, 11 de noviembre de 2007

Los tránsfugas

POR OSVALDO ALVAREZ GUERRERO

Está bien que en el mundo todo cambia, que nada es para siempre y que nunca nos podemos bañar en las mismas aguas del río, que el cambio es vida y la fijeza perpetua es muerte... Pero todo tiene sus límites y ponderaciones: para que haya cambio tiene que haber previamente algo estable que ha de modificarse o mantenerse. De lo contrario, la misma idea de cambio sería impensable. Hay una tendencia natural de la lógica humana a respetar el principio de identidad. Una cosa son las aguas del río y otra distinta es la naturaleza humana. El cambio permanente, la fluidez eterna, se parece demasiado a la nada.

Esta idea, en los hechos, es una excusa para la eliminación de toda norma de conducta, la relatividad de cualquier persistencia y la justificación del transfuguismo político. Por eso el tránsfuga (el que cambia frecuentemente de partido motivado por intereses personales) en la teoría ética de la democracia no ofrece ninguna valoración positiva.

Sin embargo, el transfuguismo político es un fenómeno corriente, que tiene una larga historia y que en determinados momentos la sociedad admite. Convengamos que esa aceptación se parece demasiado al apoyo. Los tránsfugas se reproducen en casi toda Latinoamérica, en mayor o menor grado y proporción y también en España o Italia, lugares donde se constituyó durante décadas en un sistema de peculados y sobornos, en el cual las fuerzas políticas dominantes no se diferenciaban más que por el turno en que ocupaban el gobierno. A ese permanente intercambio de componentes se le da ahora el nombre popular de "chaquetismo" en España y en Centroamérica (los que se cambian de chaqueta, equivalente a nuestro cambio de camiseta.) Tanto es así, que el término chaquetismo ha sido incorporado, dado que su uso responde a una realidad muy expandida, al Diccionario de la Real Academia de la lengua. En Italia se llamó transformismo, que desembocó finalmente en el fascismo y en tiempos más actuales, en los escándalos del tiempo de "mani pulite" y ahora en la amenaza de nuevos fascismos y en la corrupción de la "Forza Italia" de Berlusconi.

En la Argentina, el transfuguismo se disfraza con la política de los acuerdos de escritorio o de cocina, según el nivel de los acordantes, y tiene también su historia y su presente. Yrigoyen denunció a ese sistema a principios del siglo XX como falaz y descreído, al acuerdismo con el término de contubernio y a sus alianzas las condenó como figuraciones y desfiguraciones de un mismo régimen. Pero el transfuguismo tiene un presente álgido: en las últimas elecciones se ha expresado con particular virulencia, tanto en el oficialismo como en la así llamada oposición. ¿Qué importancia da estar en el PRO, UNA o en el Frente para la Victoria, en la Concertación Plural o en la Coalición Cívica (nombres que carecen de toda significación de contenidos) excepto por las diversas posibilidades de acceder a algún espacio de poder en la extensa escala jerárquica de la función publica? Por otra parte, habría que advertir que un partido, por su propia naturaleza, no puede ser plural o transversal. Lo que debe ser plural es la sociedad. La política exige, en efecto, un cierto antagonismo, una cierta confrontación de idearios, un modelo de adversarios, no de enemigos. El consenso ha de limitarse a un acuerdo muy básico y elemental sobre las normas orgánicas de la Constitución. Pero no puede ni debe eliminar con los argumentos de las políticas de Estado para la educación, la salud, la seguridad o la economía de mercado el debate y el pluralismo de ideas y proyectos distintos en torno de estas cuestiones, bajo pena de transformar el acuerdo en hegemonismo absoluto y totalitario. Como dice Chantal Mouffe, "el adversario es una categoría crucial y un elemento constitutivo para la política democrática", en un libro esclarecedor y muy actual: "En torno a lo político" (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007).

Todas las listas de candidatos y seguramente la conformación de alianzas y contraalianzas en los bloques parlamentarios, con nombres y siglas provisorias que pasan rápidamente al olvido, han recibido y expulsado tránsfugas. Incluyendo a los presidenciales, que en algunos casos han asumido, con sus idas y vueltas, sus arreglos y odios circunstanciales, una tendencia a la histeria del tránsfuga existencial, que se confunde con el resentimiento a sí misma. Lo notable es que buena parte de la población los ha votado, a pesar de que esas conductas suelen ser criticadas y que la lealtad es un valor social generalmente encomiado por la sociedad.

El transformismo se da en sociedades en las que luego de momentos muy críticos de desajuste económico y social aparecen otros de remanso y de cierta prosperidad. Entonces las clases dirigentes se transforman en dominantes y una porción grande de la población cae en la marginalidad irrelevante para la continuidad del estado de cosas. Son precisamente los tiempos en que nada cambia. Ello ha conducido a la anomia social, el consenso hipócrita, las llamadas "políticas de Estado", la muerte de las ideologías, la futilidad de los casilleros políticos de izquierda, centro y derecha. Esa evolución uniformizadora de la política la guía hacia el pensamiento único: la crisis se seguirá reproduciendo significativamente y, entonces, es inevitable que prospere el oportunista acomodaticio. Admitamos que durante muchos años se fue imponiendo entre nosotros una cultura desprejuiciadamente pragmática, sin proyección de futuro y atada exclusivamente al éxito de las circunstancias.

Se podría hacer un gran diccionario de los tránsfugas. Aunque uno está tentado de hacer nombres, y algunos bien famosos, sería injusto incluir a unos desfachatados y excluir a otros más astutos y enmascarados tránsfugas.

A mi juicio, este fenómeno responde a varias cuestiones: en primer lugar, a la crisis ideológica de los partidos políticos y su virtual desaparición. Pero no es fácil determinar si los partidos decaen por la sobreabundancia de tránsfugas, por la suma de un individualismo cínico y acomodaticio o porque las propias organizaciones partidarias y su deformación en la partidocracia de burocracias corrompidas da lugar a la prosperidad de esos personajes.

Aunque la palabra está desprestigiada, es indudable que si una organización política no tiene principios, ideas ni proyectos identificatorios y diferenciadores, carece de la cohesión imprescindible. Históricamente la condición ideológica y la consecuente disciplina interna han sido sustanciales para las izquierdas. No así de las derechas conservadoras, que más bien se inclinan a la independencia partidaria y a la utilización de la tecnocracia apolítica. La cohesión y consistencia de los partidos de la ultra derecha se basan más bien en liderazgos personales y carismáticos.

El transfuguismo se da en los regímenes en los que existe un claro predominio de conservadurismo, moderantismo y en los llamados partidos de centro. Son acomodables. Cambian, pues, los ropajes, pero no los maniquíes. Pero quizá en todo esto tenga que ver una realidad apabullante: la decepción socialista, que ha renunciado a incluir en el debate los idearios originarios. Pero la crisis de la izquierda democrática es otro tema, que por ahora postergo.

OSVALDO ALVAREZ GUERRERO

Fuente: "Río Negro"