lunes, 8 de febrero de 2010

ESPERANZA DE AUTOCRÍTICA

Por César Emilio Wehbe
PRESIDENTE DEL MAY NACIONAL
Muchos radicales preocupados nos preguntamos hoy hasta dónde llegará la audacia de nuestros eternos operadores políticos, empeñados una vez más en actuar absorbiendo el destino de todos nosotros. Nos alarman las diligencias silenciosas, pero no invisibles, encaradas por un conjunto de dirigentes autoasumidos portavoces y gestores oficiosos del radicalismo, con muchos de aquellos hijos pródigos con pretensiones, cuyo eventual regreso no estamos en condición ni disposición de solventar moralmente, porque hacerlo conllevaría aceptación de la transgresión y ultraje a la conducta.


Nos preocupa también esa forma de degradar la política mudando a la trastienda el escenario del debate partidario, donde unos pocos “iniciados” acuerdan criterios y estrategias que luego se nos imponen con el recurso del hecho consumado, cuidándose de blanquear sus negociaciones y compromisos en los plenarios de la Convención Nacional, generalmente proclives a convalidarlos.
Con esta manera de operar, quizá acatando la cínica sentencia de que el fin justifica los medios, se actúa como si anteriores experimentos, oscilantes en el borde de lo radicalmente admisible, como el Pacto de Olivos y la Alianza, no nos hubieran dejado enseñanza alguna ni mensaje aprovechable. El MAY objetó entonces la razonabilidad de esas iniciativas, aunque supo aceptarlas, pese a sus muchas dudas, porque era una estrategia válidamente trazada por quienes tenían legitimidad para hacerlo. Por cierto, terminamos pagando solidariamente todos los costos, desde el de una reelección que no debió ser facilitada hasta el de los cacerolazos originados en el barrio norte, que culminaron con una tragedia inesperada cuyo fantasma nos perseguirá por mucho tiempo. Lo paradójico de esto último es que muchos de aquellos que desencadenaron la irresponsable protesta, que terminó yéndoseles de las manos, eran sin dudas quienes más habían aplaudido la llegada del Mesías Cavallo al gobierno de la Alianza.
En el radicalismo impera hoy, evidenciando poco pudor y escaso disimulo, una absolución de hecho para con aquellos que lo abandonaron, después de haberse servido ávidamente de él, para ensayar su propia y personal aventura política, que les permitiría saciar sus apetitos electorales, satisfaciendo también su ego en escenarios y exhibiciones mediáticas hasta la saturación. Como no somos ingenuos, sabemos que la soberbia contumaz de cierto sector dominante fue generando el clima que proveyó de excusas suficientes a los fugitivos para blanquear su deslealtad, victimizándose descaradamente. Sin embargo, hoy, ahora, ya, unos y otros, los que crearon las condiciones para la fuga y quienes aprovecharon las condiciones creadas, pretenden sintetizar el destino radical, buscando conciliar lo inconciliable y aferrándose a exóticas candidaturas. Actúan obviando todo tipo de reparos éticos, que para ellos son realmente una especie de lastre, de beatería, un obstáculo para su incurable pragmatismo. Como no somos ingenuos, sabemos también, igual que todos, que estamos a punto de recaer en la barrabasada de alinear nuestra estructura partidaria nacional a favor, no ya de un candidato ajeno al radicalismo, como en la última elección presidencial sino, y esto es lo peor, detrás de alguien que nos traicionó desde adentro y ayer, prácticamente.
Y como no somos ingenuos, sabemos que esta grosera maniobra, nada inocente, sabrá ser presentada como una noble gesta recuperadora del radicalismo, aunque en realidad sólo desnuda la desesperación electoralista de dirigentes incómodos en el llano, siempre añorantes del poder al que alguna vez, con armas ennoblecidas por la buena conducta, la transparencia en el mensaje y el prestigio personal de nuestros candidatos, supimos llegar sin hipotecar conducta ni resignar principios.
Queremos advertir que no estamos dispuestos a tolerar esta absolución en pequeñas dosis que se nos pretende imponer distraídamente como una fatalidad a la que hay que someterse. Así como el perdón no requiere condiciones para ser otorgado, la absolución exige arrepentimiento y reclama penitencia. Hasta ahora, no hemos escuchado pésame alguno ni tampoco presenciado un solo acto de contrición. En cambio, sí hemos sido testigos de la maniobra de copamiento de la Mesa Directiva del Comité Nacional por parte del vicepresidente de la Nación y de su desesperada autopostulación como “el” candidato a la primera magistratura, guardándose muy bien de decir en nombre de quiénes lo hace, pero especulando con la segura confusión del tradicional votante radical. Semejante desfachatez nos obliga a advertir a los que lleguen a ser confundidos, que a la UCR puede hacerle falta muchas cosas, menos un candidato a presidente flojo de lealtades y bendecido por la Sociedad Rural.
La militancia radical responsable nunca ha sido fácil, ni llevadera ni muchas veces amena. Nos impone custodiar una historia, preservar la identidad partidaria, actualizar nuestras propuestas, atender la realidad inmediata y participar de la actividad política concreta.
Pero tiene exigencias de obligado cumplimiento, sobre todo en lo referido a la calidad del valor conducta, a la transparencia de la vida personal, al respeto y consideración del otro, a la tolerancia en el disenso y la disciplina que evita el caos, todo esto en un marco de confiabilidad, de juego limpio, de honrada competencia.
No se puede ser decente a medias, ni servir bajo dos banderas. Tampoco puede la traición convertirse en simple travesura que se castiga con un tirón de orejas, ni la necesidad debe ser justificación para la impostura ideológica. Porque si esto se tolera sin sanción, cabe preguntarse cuál es el valor del mérito, cómo se reconoce la virtud de la lealtad y dónde ha quedado tirado el respeto personal hacia el ciudadano radical, afiliado o no, y a la ciudadanía en general.
La ansiedad electoralista de nuestros operadores ha creado un sonoro eufemismo para presentar, como algo más o menos digerible, sus coqueteos con los que nos abandonaron sin decir ni adiós: “panradicalismo”. Así llaman a esta maniobra, verdadero salvoconducto hacia la impunidad, que ni siquiera contempla, al menos para guardar las formas, algún tipo de “probation de entrecasa” que emprolije la ficción del reencuentro radical.
Con este clima de falsedades debemos convivir aquellos que tenemos el grave defecto de ser consecuentes con nuestras convicciones, los que no sabemos ser más que radicales, los que no buscamos candidaturas fuera del partido, los que advertimos que los principios no son una abstracción sino un compromiso ético no negociable, los que denunciamos el artero chantaje de la visión apocalíptica como recurso tramposo para embarcar al radicalismo en cualquier despropósito electoral de incierto resultado. No es fácil esta convivencia, lo sabemos por experiencia. No es fácil, pero podría serlo, en la propia medida en que el respeto entre nosotros evite que por alquimias electorales teñidas de oportunismo y ansiedades personales, se pretenda imponer al conjunto la obligación de comulgar con ruedas de molino, como gustaba ejemplificar don Crisólogo Larralde.
La ciudadanía democrática de nuestro país necesita recibir de parte de la Unión Cívica Radical, perentoriamente, todas las aclaraciones necesarias en el sentido de que su individualidad no volverá a encontrarse comprometida en acuerdo, alianza o pacto alguno que repugne a su historia, ni tampoco consentirá verse intoxicada por la compañía de los desertores. El abordaje de estos temas no puede dilatarse más, la ambigüedad confunde, es mala mensajera. El radicalismo debe presentarse como el actor más creíble, mas serio y fuerte en medio de esta sociedad llena de decepciones y desengaños. Saber jerarquizarse y jerarquizar la vida cívica. Y afrontar cualquier elección, imponiendo respeto y respetando al elector. No intentar su recuperación electoral mediante un golpe de efecto (pacto de Olivos), ni buscar un atajo milagroso (Alianza) o una pirueta sorprendente (Lavagna). Estos recursos pueden ser útiles para los eventuales aventureros de la política, pero no formaron ni formarán parte nunca de la cultura radical.
Si quiere hacer honor a su historia, que no es sólo la de sus gobiernos, el radicalismo no debe seguir rehuyendo culposamente la autocrítica. Debe admitir sus contradicciones de conducta, sus humanas debilidades y la erosión que ha sufrido su buen nombre, muchas veces injustamente y otras no tanto.
Y podría empezar por disculparse hasta con el más humilde y desconocido de los correligionarios por mantener trato con los traidores devenidos personajes y con desertores transformados en mendicantes hijos pródigos. Sepa la actual conducción partidaria, sepan los jefes parlamentarios y la dirigencia en general actuar rápidamente, antes de que el descrédito se torne ilevantable. Que la especulación electoral no nos condicione ni inspire nuestras decisiones. Tratar con el traidor huele a traición y a debilidad moral, aunque otorgue alguna eventual ventaja que, por importante que parezca, siempre será vergonzante.
En cambio, si se tiene el coraje de actuar como se debe, tal vez comencemos entre todos a recorrer el camino que nos lleve al reencuentro de los radicales con lo radical, para mejor servir a la Patria, que de eso se trata y no de otra cosa, cuando se entrega la vida a la pasión política.
Autocrítica y disculpas: un costo que vale la pena pagar en beneficio de todos.