sábado, 16 de agosto de 2008

La educación formal necesita un sacudón

Por Daniel Tirso Fiorotto
Ante el llamado de distintos organismos e instituciones para conversar sobre el sistema educativo, aquí se apuntan asuntos para el debate sobre la identidad, que el aula podría incorporar, considerando la apertura mental de los maestros y profesores, y la inquietante estructura actual, que distancia al hombre de su entorno. Toda la América Criolla, y el pago chico, sin perder la mirada universal.
Los entrerrianos vivimos jugando al fútbol, pero la educación formal se resiste a incorporar al fútbol, y los chicos aprenden gambetas y mil destrezas en el campito, en la informalidad. El que no va al campito no aprende.
Los entrerrianos contamos con 40.000 kilómetros de ríos y arroyos, tanto como una vuelta entera al planeta, y la educación formal no contempla la enseñanza de la natación. En general, no sabemos nadar.
Producimos y consumimos mandarinas como nadie, pero la educación formal no registra las cien variedades de citrus en Chajarí, Federación, Concordia; los estudiantes no distinguen una mandarina de la otra.
Los entrerrianos consumimos yerba mate como pocos, pero la educación formal no le reserva un lugar; una disciplina en la que se hable de la tradición aborigen, la simbología, las características socioculturales del mate. Tenemos en nuestra sangre herencia de Angola, pero Angola brilla por su ausencia en la educación entrerriana.
Muchos entrerrianos tienen sus abuelos en las Canarias pero los alumnos no saben señalar en el mapa dónde quedan las islas Canarias. Tenemos en nuestra antigua tradición musical la cifra, la milonga, pero en la escuela no se habla de la cifra, de la milonga, y tampoco del chamamé, del tango, en fin, ¿de qué se habla?
Tenemos conocimientos milenarios de la pesca, pero la escuela no le da un lugar al pescador, y tampoco al surubí, el patí, la vieja del agua, como no le ofrece un ámbito a la biodiversidad.
Distancia con el entorno
Todo lo dicho, y lo que viene, con sus excepciones. Pero en términos generales y como regla, muestra un distanciamiento del ser humano con su entorno, que la escuela, lejos de revertir, parece promover a pesar del voluntarismo de muchos docentes, de los cambios prometidos por muchos políticos, de los esfuerzos innegables de tantos.
Los entrerrianitos ven cómo sus papás chocan comadrejas en la ruta, pero la comadreja no existe para la escuela formal y menos existe ese antiguo mundo de marsupiales que nos identificó. Pasan por el maravilloso túnel, bajo el lecho del río Paraná, y la escuela no maneja documentales sobre el túnel, ni lleva a los estudiantes a mirar el túnel como obra monumental del ingenio humano, y de las convicciones federales, para la comunicación entre los pueblos. La escuela no habla de la fábrica de cemento, de la arena de Paraná, las conchillas de Victoria y Gualeguay, el canto rodado de las costas del Uruguay, el yeso de las costas del Paraná, todos minerales o fósiles presentes en el túnel.
Los estudiantes pasan todos los días frente al algarrobo, pero pocos pueden distinguir el algarrobo. La educación formal no tiene un espacio para ayudar a los chicos a señalar cuál es el ñandubay, cuál el chañar, aunque los chicos se encuentren en el Parque Urquiza a la sombra de un chañar. No los ayuda a conocer el sábalo, la boga, que los chicos comen con sus padres a la parrilla.
Los entrerrianos exportamos huevo al mundo, pero la educación formal no da un lugar para que los chicos sepan cómo se produce y se procesa el huevo, y tampoco tiene un espacio para saber cómo se producen o se procesan las carnes de cualquier tipo, quién las exporta, ni se les ayuda a los estudiantes a comprender con claridad de dónde sale la molleja, qué parte del animal es la pulpa.
Salto Grande y los faraones
Los jóvenes se sientan con sus amigos a tomar unos mates en el jardín, y pasa junto a ellos el torito de campo pero ese simpático rinocerontito fue expulsado de la educación formal. Tan expulsado, que los expertos le llaman, a su estado anterior, “gusano blanco” en vez de usar el milenario nombre heredado y bien popular: isoca.
Pareciera que el aula no tiene un rincón para las bellas mariposas nuestras como esa curiosísima “Bandera argentina”, un rincón para el torito, para las garzas, los murciélagos, las ranas, y tampoco ofrece un módulo para el carpincho, el ñandú, el yarará. ¿Dónde estudian los chicos la vida del guazuncho? ¿Dónde estudian los aportes del caballo en las luchas por la independencia, en las luchas por el federalismo, en el transporte de cargas, en el cultivo, en las reuniones sociales, en el deporte, o sus aportes en bosta para la construcción de nuestras casas? ¿Y los descendientes del bos primigeniun que nos alimentan y nos alimentaron por siglos con su carne, su leche, o nos abrigaron con su cuero, y hasta dieron origen al nombre de uno de nuestros pueblos, Bovril?
¿Cuántos de nuestros chicos pudieron dedicar una semana de su tiempo a estudiar, ver, tocar, la faraónica empresa hidroeléctrica de Salto Grande y todo el universo social, económico, energético, ecológico, con aspectos positivos y no tanto que esa obra comprende?
Los estudiantes entrerrianos escuchan que un amigo se apellida De Paolo, el otro Steinert, el otro Cousinet o Crauzas o Abraham, pero la educación formal no les habla de la colonia italiana en Chajarí y sus salamines, de la colonia francesa en San José, de la colonia ruso alemana en Valle María, ni de los judíos en Domínguez, ni de las comidas árabes de la abuela. Y escuchan que su tío silba “Garzas viajeras” pero el nombre de Aníbal Sampayo quedó a kilómetros del aula.
Los entrerrianos tenemos toda una historia con Atahualpa Yupanqui, que participó aquí en distintos oficios, en fuertes barullos, y hasta fue padre en Urdinarrain y nos legó muchas páginas y melodías y enseñanzas sobre esta región; pero El canto del Viento no está en las bibliotecas de la escuela.
Padecimos el desmonte y los obrajes por décadas, y Gastón Gori es un desconocido en la escuela. La existencia misma de Entre Ríos y su región echa raíces en José Artigas y sus convicciones independentistas, republicanas, federales, distribucionistas, de valoración del negro, del indio, del gaucho, de la dignidad, pero José Artigas y el proceso que él encarna, bien representado en la banda roja de nuestra enseña, no tienen un lugar preferencial en la educación formal y hay jóvenes que salen del secundario sin poder decir una palabra sobre Artigas, el Congreso de Oriente, la “Redota”.
Vaimaca para otro día
Los entrerrianos abrevamos de una tradición católica, protestante, judía, pero en la educación formal no se habla de católicos, de protestantes, de judíos, de musulmanes. Como no se habla de nuestras naciones charrúa, guaraní, chaná y sus valores. La repatriación de los restos de Vaimaca Perú encontró a los entrerrianos sordos, ciegos, mudos, y Vaimaca Perú, Guyunusa y todo lo que ellos representan, están ausentes en nuestra educación formal.
Los entrerrianos tenemos entre las principales ancestros a los alfareros orilleros, de maravilloso desarrollo desde los tiempos de Jesucristo, pero la cultura Goya Malabrigo no se trata en la educación formal, y mientras Serrano sigue siendo un desconocido, Carlos Ceruti se desenvuelve como puede, en soledad.
Hace casi tres lustros se inició la revolución económica en ciudades como Federación gracias al descubrimiento de agua caliente a 800 metros de profundidad, pero esa explotación no tiene un lugar en la educación formal. Somos primeros en arroz, pero la escuela desconoce la palabra “taipero”. Primeros entre los mejores jinetes del planeta, pero la escuela formal no podría dar un solo nombre de un jinete, ni se reserva medio módulo para tratar asuntos del pelaje, que bien nos representan en el mundo.
A dos cuadras de la escuela vivió José Hernández, pero la educación formal no le cuenta a los alumnos dónde, qué hizo, por qué trabajó y luchó José Hernández aquí. A media cuadra de la escuela ensaya sus obras la Sinfónica, pero los alumnos no conocen lo que es un oboe, y no distinguen un corno de una tuba.
Los entrerrianos tenemos la gracia de ser comprovincianos de Eichelbaum, pero en la escuela Eichelbaum es un apellido difícil, y si los estudiantes leen algo de Gerchunoff jamás el libro entero porque es largo.
Cooperativas, ausentes en el aula
Herederos de una tradición cooperativista pionera, los estudiantes no teorizan ni practican la organización cooperativa aunque desde la Carta Magna hasta las leyes y las normas menores hablen de la educación cooperativa. Letra muerta.
Así podrían enumerarse asuntos de la ciencia, la tecnología, el arte, el deporte, la historia, los planes hacia el futuro, el pensamiento social y político, los grandes autores de estudios económicos, de obras literarias. Así las luchas obreras, agraristas, las costumbres y creencias, la siesta y Lázaro Blanco: casi todo demuestra que el sistema distancia al estudiante de su entorno, como si las cosas ordinarias no tuvieran el prestigio suficiente como para ingresar al sistema de la educación formal.
Hablamos de mamíferos, pero no del zorrino. Hablamos de química pero no de la motmorillonita que constituye nuestros suelos. Hablamos de historia pero no de Paysandú, de la Guerra de la Triple Alianza, de la guerra entrerriana. Hablamos de los negritos aguateros de la Revolución de Mayo, pero no de los esclavos de García de Zúñiga, de los habitantes del barrio del tambor, y tampoco de la familia de la vuelta que desciende de inmigrantes de Guinea. Música, sí, pero no Abelardo Dimotta. Demografía, puede ser, pero no nuestros pueblos fantasmas.
¿Cuántos de nuestros estudiantes, al concluir los 13 años de educación formal pre universitaria, pueden dar fe de haber leído un libro entero de Fermín Chávez, un libro entero de Marcelino Román, un libro entero de Beatriz Bosch, un libro entero de Juan José Rossi, o las obras de Juan de Dios Muñoz, de Juanele Ortiz? ¿Cuántos pueden distinguir las pinturas de Cesáreo Bernaldo de Quirós, o pueden recitar dos de los miles de aforismos de Eisse Osman?
¿Cuántos estarían en condiciones de explicar el origen autóctono y remoto de las palabras Paracao, Gualeyán, Guayquiraró, biguá, Ayuí, camambú?
Desarraigo ¿planificado?
Llegado este punto, digamos que son tantos, tan profundos y variados, los asuntos nuestros que la educación formal evita, que el desarraigo parece planificado.
De allí que, en otras ocasiones, hayamos planteado la necesidad de que los entrerrianos debatamos la posibilidad de revisar la oferta de casas de estudio, y ver si no es hora de crear una carrera que aborde, a modo de Geografía regional, o de “provinciología”, distintos temas que nos permitan definir nuestro entorno, y luego introducir no sólo en las materias existentes sino en una asignatura específicas, la región en todas sus facetas. Entendiendo la provincia, en nuestro caso, como aquella que nombraba Antonio Serrano y que comprendía el litoral, Uruguay, Río Grande do Sul, es decir, ese mapa que en lo profundo es el acuífero Guaraní, y que bien representa históricamente ese idioma, el guaraní.
Una carrera que estudiemos periodistas, políticos, dirigentes de cualquier índole, mujeres y hombres, poetas, escritores, filósofos, estrategas, planificadores, ambientalistas, gremialistas, sacerdotes, historiadores, en fin, cualquiera interesado por los asuntos comunes y por el porvenir, cualquiera que disfrute del saber por el saber mismo.
Veamos algunas de las disciplinas, entre otros puntos ya enumerados, que bien podrían atenderse en esa carrera, o en esa disciplina, e incorporarse como tema de debate en los encuentros por la educación.
Relieve, suelos, aguas superficiales y profundas, aptitudes, riesgos, situación (erosión, contaminación), aprovechamiento humano sustentable.
Clima, vegetación y fauna en sus mil variantes; microorganismos, animales de las distintas especies, de la fauna autóctona y/o domesticados, en su relación con el hombre. Población, despoblación, equilibrio o desequilibrio demográfico, corrientes migratorias, composición de la población (pueblos originarios de Entre Ríos, del Chaco, del sur brasileño, del Uruguay, de Santa Fe, etc.; negros de distintos orígenes, gauchos, criollos, gringos italianos, españoles, alemanes, árabes, franceses, suizos, polacos, rusos, y también canarios, gitanos, vascos, asiáticos, etc.).
Sistemas productivos, maquinarias agrícolas, industrias, características de ciudades, pueblos, parajes. Transporte fluvial y aéreo, rutas y caminos, ferrocarril, parque automotor. Ocupación de mano de obra, oficios diversos. Educación, opciones educativas dentro de la región, salidas laborales.
Historia regional, relación de la región con los procesos históricos más significativos, vínculos históricos, sociales, culturales, económicos, con regiones vecinas y con el mundo. Lazos de Entre Ríos con la América Criolla. Circuitos económicos, por ejemplo el de las mandarinas o las naranjas desde su implantación hace un siglo, pasando por las variedades, los orígenes, sistemas de injerto, de riego, podas, cuidados varios, cosecha, empaque, jugos, transporte, exportación, consumo interno, movimiento económico y laboral.
Sistema político, funcionamiento, república, federalismo aquí y ahora, partidos políticos, instituciones intermedias (gremios, corporaciones, entidades solidarias, clubes, etc.); cooperativas de ayer y de hoy. Planes de ayer y de hoy como los falanterios, las colonias; experiencias.
Literatura, pintura, periodismo, arquitectura. Grandes obras (túnel, Salto Grande, puentes). Símbolos (bandera, escudo, marcha). Indumentaria de ayer y de hoy, comidas de ayer y de hoy. Todo lo que ayude a despertarnos el interés por los qué y los quiénes, a cruzar conocimientos, ¡a pensar! Por supuesto que Bach, pero también Walter Heinze. Obvio que Cervantes, pero también Juanele Ortiz. Naturalmente, Napoleón, y con él Artigas. No sobrevalorar lo de al lado, claro, sólo sacarnos el vicio del menosprecio y el ninguneo. Escuchar, ver, prestarle atención y distinguir al cardenal amarillo y al mismo tiempo incorporar a Washington, a Schopenhauer, a la Madre Teresa, una cosa no quita la otra.
Música, características regionales. Deportes, posibilidades, variedad, prácticas; deportistas y artistas reconocidos. Lo que se hace, lo que no se hace. Arte llamado artesanía. Oficios tradicionales (pescar, amansar caballos, trabajar el asta, el cuero, las fibras vegetales). Valoración de oficios ordinarios (mecánicos, panaderos, zapateros, chofer, modista). Circuitos de la materia prima, diversidad de los productos hechos en casa o importados y al alcance de la mano.
Origen de los productos de consumo masivo en relación con la actividad del pueblo y la mano de obra ocupada, visión crítica. Sistema educativo, ciencia, educadores, científicos, sistema de salud, sistema judicial. Y así geología, patrimonio minero… ¿Cualés serían las razones para que los entrerrianos sigamos distanciándonos de nuestro entorno?
Saber por placer
Conocer por conocer, por el gusto de saber acerca de lo que nos circunda, sin fines utilitarios pero también con esos fines. Poder apreciar, por placer solamente, la fachada de un edificio, la constitución de nuestras veredas de piedra, de canto rodado, las flores del lapacho, el tronco del palo borracho, los trinos del zorzal, y también la tecnología que le incorporamos a esa máquina, el desarrollo de nuestros conocimientos científicos.
La educación formal podría, inclusive aprovechando esa tendencia tan actual de buscar los récord, para atrapar la atención de los chicos con nuestras cosas deslumbrantes. ¿No vivió aquí el Argyrosaurus, uno de los mayores del planeta? ¿No camina en nuestros campos una de las aves más enormes y llamativas, por sus hábitos, el ñandú? ¿No es el carpincho un roedor gigante? ¿No sorprende cómo, los entrerrianos, logramos construir una comunidad armoniosa en la que convivimos ateos, judíos, católicos, protestantes; morochos y rubios, altos y petisos, y nos queremos y nos sentimos parte de un todo con identidad en la diversidad? ¿Qué decir de la alimentación del sábalo? ¿No son nuestros humedales envidiados en el planeta?
Llegará el día en que la educación (y con la educación los medios de comunicación, en especial la televisión, hoy asaltada por la tilinguería aunque con excepciones honrosas), se haga cargo de los temas profundos, incluso y principalmente los que nos inquietan: la pobreza, el hacinamiento, la discriminación negativa, la situación de los más infelices, el éxodo rural, la concentración de las riquezas en pocas manos (y extranjeras); la contaminación del agua, la erosión del suelo, la retirada del monte, la expulsión de habitantes, la distancia entre el hombre y sus circunstancias, la relación de los entrerrianos entre sí y con el resto de Latinoamérica y el planeta. Que bello día ese. Y, por darle un nombre, qué día artiguista.

Publicada en ANÁLISIS